México, para la mayoría de estadounidenses es un país con quien comparten una frontera al sur; un país que les brinda la oportunidad de escapar del invierno para encontrar un clima más calido y poder en el nadar, surfear, en fin disfrutar de sus playas. Tuve la suerte de estar en México durante los meses de invierno aquí en los Estados Unidos, desde el 28 de octubre del 2004 hasta el 1ro de Marzo del 2005. Mi estadía en este país fué muy diferente a la que las propagandas vacacionales de los centros turísticos describen.
Por una temporada de cuatro meses, fuí asignado a trabajar en una región de México conocida como la sierra Tarahumara, fuí a aquella región como un diácono recién ordenado, quien no estaba seguro de que me esperaba en aquel lugar. Dos meses antes de partir a mi nuevo hogar, hice un estudio a fondo sobre el área a la cual yo estaba destinado. Era allí la casa del famoso cañón de cobre, de los indígenas Tarahumaras y los Menonitas, aparte es una de las ciudades más grandes de México.
En breve, mi experiencia en aquel lugar estuvo enfocada alrededor del ministerio de ayuda en la sierra Tarahumara como también en el pueblo en el cual estaba yo basado, el pueblo La Junta, Chihuahua que era el centro de la parroquia cual cubre un territorio geográfico del tamaño de Manhattan, Queens, Brooklyn y parte del Bronx. Atendíamos a una variedad de iglesias, desde la casi bien moderna hasta la iglesia que estaba más aislada entre montañas y construida con maderos de cabina viejos.
Los frailes Agustinos Recolectos, han estado al tanto de las necesidades de estas parroquias aisladas al sur occidente del estado de Chihuahua, empezando en el año 1970. Desde entonces hemos llevado acabo nuestro trabajo misionero dentro de sus gentes y todavía hay mucho trabajo por hacer, pero no suficientes trabajadores y algunas veces muy poca ayuda financiera para poder hacer algo substancial. Aun así nosotros trabajamos con lo que nos dan, porque el trabajo del reino de Dios en esa área tiene un potencial enorme y es una de nuestras metas, pero se requiere personas con espíritu de auto sacrificio y arriesgados para poder hacer esto.
Como un diácono quien fuese asignado a trabajar en aquellas misiones, solo puedo decir que no hay palabras suficientes que puedan capturar mi experiencia allí. Lo que yo diga o escriba es solamente una pequeña mirada de algo mucho más grande. Aún así, Dios me bendijo usando esta experiencia para refortalecer a este diácono y verdaderamente cimentar firmemente mi vocación como un fraile Agustino Recolecto, quien aspira seguir la tradición orgullosa de mis hermanos quienes vinieron antes de mí, y sin egoísmo dedicaron sus vidas al ministerio de misiones a las cuales se les fueron confiadas.
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