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Corazones Inquietos. Febrero 2005

CAPSULA DE FE
LA FE DE UN BORRACHITO
- por: Diácono Julián Pérez


Recuerdo haber leído hace muchos años, en una revista católica, esta historia:

Había un gran intelectual que además de eso, era un gran escritor, y un gran filósofo, profesor de una importante universidad. El se vanagloriaba en decir y enseñar que era un ateo convencido y que Dios era pura imaginación, pero en secreto él investigaba la posibilidad de que Dios existiera, porque la teoría de la evolución no lo dejaba del todo convencido. Una noche soñó que Dios le decía, ve a la escalinata de la iglesia, allí encontrarás a una persona que todo te lo explicará.

El intelectual fue por pura curiosidad, y ¡oh sorpresa! Allí estaba un hombre tirado en el piso, medio dormido y con una botella en su mano izquierda, media de alcohol, el intelectual se preguntó ¿y será esto el gran mensajero? Le empujó un poco el zapato roto que llevaba y el hombre levantó su medio cuerpo y entre hipo y baba preguntó ¿Qué... e... e... pasa? El intelectual le preguntó ¿Es u... u... usted el que me lo va explicar todo? El borracho contestó, sí, se... e... eñor soy... y... yo.

El intelectual soltó una cínica carcajada y le preguntó ¿Su Eminencia Reverendísima y cómo lo va hacer? El borrachito contestó, muy fácil, Señor de Altísima Humildad. Mira esta botella de wisky y la levantó hacia arriba, sabes, ahí dentro está Dios, porque el padre dijo en la misa, del domingo pasado, que Dios, estaba en todas partes, y cuando yo me tomo esta botella, lo veo como dijo el padrecito, lo veo doble, lo veo triple, lo veo aquí, lo veo allá. El intelectual no pudo aguantar mas, dio la vuelta y muy asqueado se fue, pero al instante de salir, miró de nuevo hacia atrás, pero aquel borrachito había desaparecido, totalmente de la escena, sin dejar ningún rastro, como si la tierra se lo hubiese tragado.

Comienza la incertidumbre y termina la investigación, todo estaba claro. En los meses subsiguientes, vemos aquél soberbio y altanero intelectual, en uno de los barrios mas pobres, de la India, siendo el más sencillo y entusiasta de los catequistas de esa zona. Y no se cansaba de repetir aquella famosa frase de San Agustín "Oh Sabiduría, siempre tan antigua, siempre tan nueva. Cuán tarde te he conocido".



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